Doscientos huesos tendidos sobre el suelo. Dos veces fueron necesarias. Un cigarro se apagó en la alfombra. El humo se impregnaba en mi saco regalándome el peculiar aroma que deja el placer. Porque eres en mi caso lo que Dios suele ser para los desamparados.
El esquema de las cosas impasibles. Incapaz de padecer, incapaz de sentir. Hace tiempo desapareciste incluso cuando siempre has estado frente a mí. Idiota persiguiendo una ambición que solo existe en el delirio, y un delirio convertido en perdición.
Eludiendo las ganas de gritar que se evaporan en recuerdos alcoholizados. Sumergidos en sustancias tóxicas, nocivas para el corazón. Aniquilar sensaciones a voluntad. Mi cuerpo se deslizó girando hasta topar con el sillón. Quise incorporarme, no era el momento, mi destino era quedarme ahí de ahora en adelante.
No soy yo. Alcé la mano y de pronto un nuevo cigarro se encendía en mi boca. Dos caladas fueron suficientes. Cerré mis ojos y en ese instante me di cuenta que el hecho de abrirlos ya no serviría de nada.
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